“Me pusieron un arma en la cara por disentir” Naty

testimonio ong rescate

Naty se convirtió en refugiada al huir de Venezuela por amenazas de muerte y persecución homófoba. Hoy nos cuenta su historia

 

Mi madre me ha dicho en ocasiones, que «el cementerio está lleno de valientes». Cuando autoevaluaba mi vida, en la Venezuela del 2017, cada vez más frecuentemente, consideraba que lo era, era valiente. Me chocaba la idea de que me llamaran cobarde o débil o incapaz para afrontar la realidad cada vez más dura ante mis ojos. Tenía cuatro trabajos diferentes y aun así, hubo un momento en el que no podía mantener a mis hijos por mí misma, llegar a mi trabajo, arreglar mi auto, comprar medicamentos, algo tan simple como tomarme una soda, era un lujo, debía decidir si compraba el alimento para mi perra o para nosotros.

 

Nuestra capacidad de resiliencia, de reinvención, de adaptación confluye de una manera en la que sin aceptar la tendencia al deterioro general de tu entorno, que una vez fue alegre y rico, te succiona y te sumerge en esa espiral destructiva.

 

Soy médico, obstetra, trabajo con vidas, he traído al mundo los milagros de muchas familias, los he visto crecer y ser asombrosos, como mis propios hijos.

 

Estoy hecha para servir, para mantener y devolver la salud a mujeres, para que puedan criar a sus niños, para acrecentar familias. Pero la crisis venezolana me dio mujeres cada vez más deterioradas, desnutridas, enfermas, intolerantes, también me volvió incapaz de ayudarlas, porque sistemáticamente fueron mermando insumos y medicamentos básicos para la atención de estas mujeres que con dificultad llegaban a mi pobre hospital, y con ello me hice testigo de muchas complicaciones y algunas muertes, sin que pudiera controlarlo y lo que es peor, me hizo sentir cómplice, responsable de ello.

 

Siempre me manifesté en contra de las políticas gubernamentales en materia de salud del actual gobierno y de todos los que han gerenciado mi región los últimos 6 años, era calificada como una acérrima escuálida, según los términos que usan en mi país.

 

También por mi probidad, jamás me presté para tráfico de insumos o para hacer la vista gorda cuando pasaba algo indebido.

 

Me volví una piedra en el zapato, más molesta cada vez. Sin embargo entre mis compañeros contaba con respeto y apoyo por mi firmeza de criterios, por lo menos, eso me hacían creer, hasta que fui la única voz que se alzó para hacer denuncias, me dejaron sola.

 

Fui asesora de muchos que me antecedieron al migrar, sufrí decenas de lutos por ver alejarse y volar a mis amigos, a otros morir por las carencias que acechaban con cara de muerte llevándoselos y sigo aún alentando a muchos a que construyamos un nuevo país aprendiendo y creciendo desde fuera. También lo hice con mi ex esposo y padre de mis hijos.

 

No pasó mucho antes de comenzar a sentir con mayor crudeza lo que es ser «diferente» laboralmente, políticamente, personalmente, por decidir tener una pareja de igual género y volverme incapaz de conservar mi autosuficiencia.

 

En ese punto pensé, debo comenzar a creer lo que repito a cada una de las personas que se acercan a contarme que han decidido migrar, pero vacilaba. Sin embargo, en mí comenzaba a surgir interiormente la idea de sacrificarme en favor de una nueva vida y nuevas oportunidades para mis hijos, que no conocían más que lo básico para comer. Prácticamente sus horas transcurrían encerrados en casa, pasábamos días completos sin luz, semanas sin agua y comiendo lo que se conseguía, sin poder asistir al colegio porque los docentes y las instituciones pasan por las mismas calamidades. Dejar de rogar a Dios por no enfermar o por no enfrentar el dilema de que algún allegado tuviera problemas de salud y debieras evaluar montones de veces si dar un medicamento por humanidad o guardarlo para los tuyos. Profesionalmente, mi consulta privada se llenó de pacientes de cortesía, porque no podían pagarme e igual las hacía, no podía dejarlas desasistidas, aunque también necesitara comer. En el hospital, limitamos los ingresos, no había anestesia, si ingresaba a una paciente para una cirugía y no tenía suturas para realizarla, me culpaban, si no la ingresaba y se complicaba o moría en otra institución, también era mi culpa. Era objeto de bullying y amenazas tanto políticas como homófobas.

 

Y llegó el momento de las amenazas directas, de esas que se ven en las pelis donde te dicen que te van a quitar de en medio, que te apresarán, las llamadas de teléfono esas, las de… «se dónde están tus hijos y donde te encuentras ahora». Y como si no pudiera ponerse peor, llegan a tu casa, te ponen un arma en la cara delante de tu familia sólo por disentir, pero sin arrepentirte por hacerlo, sin acobardarte, sólo esperar escuchar la detonación y descansar en paz. Hasta eso me llevó mi valentía. Después de ver las caras de terror de mis hijos, a mi madre agradecer a Dios porque yo estaba viva y las lágrimas de dolor y tristeza de la mujer que amo, diciéndome textualmente: «te vi muerta».

 

Tomé la decisión de salir de vacaciones y ver cómo se comportaban mis hijos en el exterior y las posibilidades reales de quedarnos sin violentar normas o convertirnos en ilegales. Puede que no hubiese agotado lo que podía hacer, pero debía brindar a mis hijos las oportunidades que mi país les había negado hasta ese momento.

 

Me tocó pelear el permiso de salida de mis hijos en tribunales, ya que por causa de mi orientación sexual, mi ex esposo me negaba la posibilidad desde hace años de salir del país con ellos, aduciendo que iba a exponerlos a un ambiente de perversión. Pero poniéndose de manifiesto que él ya se había marchado y que los niños dependían de mis cuidados desde hace mucho tiempo, el tribunal falló a mi favor.

 

Con la ayuda económica de varios amigos y de mi actual pareja, compramos boletos de avión, pero debíamos salir por Cúcuta, Colombia, a pie. Nuestro viaje fue duro, duró casi 4 días, lo hicimos por tramos por las dificultades que tuvimos para cubrir los trayectos por falta de dinero y los cierres de frontera. Pero contamos con ángeles que nos ayudaron en el camino y aumentaron nuestra seguridad. Esperamos durante horas en los puntos migratorios de salida de Venezuela, cruzando los dedos para que los funcionarios se comportaran honestamente, ya que suelen inventar nuevas normas para dificultar las salidas o pedir dólares, sobre todo cuando llevas niños. Gracias a Dios, se comportaron a la altura.

 

Caminamos los cuatro, mis hijos y yo, por el puente de Tienditas, ese donde hace poco hubo disturbios, donde el dictador mandó a quemar la ayuda que debía ingresar a mi país mientras bailaba momentánea e impunemente. Luego de 8 horas más de cola, en la oscuridad, entre ríos de personas cercanas en ocasiones a convertirse en turbas, entre basura y olor de deposiciones humanas, sellamos finalmente la entrada a Colombia y nos relajamos un poco. No importaba el hambre, ni el cansancio, estábamos ya en otro país, rumbo a España, la tierra que me cambió la vida a los 8 años y a la que siempre volví. En esta ocasión, venía a presentarle a mis hijos y le pediría de ser posible, que hiciera lo mismo por ellos, abrigarlos y verlos crecer en paz, sin amenazas, sin asechanzas. Y España me dejó entrar, la madre patria, como la llamamos, nos recibió y nos acogió hace ya siete meses.

 

Nos han pedido los hermanos de ONG Rescate, que demos nuestro testimonio el día de hoy y les estoy agradecida por haberme permitido tener voz y contar mi historia. También nos han pedido dar un mensaje a otras mujeres con historias mucho más duras que la mía.

 

El mío se resume con tres palabras con S.

 

Soñar, Solidaridad y Servir, todo hecho con amor. No dejemos nunca de proyectar en sueños lo que deseamos, cuanto más Soñemos, más cerca estará de ser real, porque se volverá plan de vida. Seamos solidarias, porque seremos apoyo de otras mujeres que tengan en común puntos en su historia o sean similares a la nuestra, convirtiéndonos en ejemplos vivos de motivación, logro y superación. Servir porque para eso es la vida, como decía Madre Teresa. «Quien no vive para servir, no sirve para vivir».

 

El hecho de que las mujeres tengan hoy voz, no sólo es consecuencia de espacios conquistados con trabajo arduo, del uso de su inteligencia emocional para el manejo de los roles superpuestos que posee, sino también de la deserción en muchos espacios de sus padres, hermanos, parejas. Son ellos, quienes por condiciones que van desde el rigor y la violencia de la guerra, que desafortunadamente los fuerzan a no estar, pasando por situaciones de maltrato, hasta la conducta irresponsable y egoísta. El mundo es un gran matriarcado, es sólo que ejercido desde el amor, incondicional, inclusivo, diverso y brillante, por amor hemos conquistado territorios, cruzado fronteras, volado al espacio, desde el amor, somos puntales del hogar y nuestro hogar es el maravilloso mundo.

 

Juzguen ustedes si he desafiado a mi madre o a la muerte y si he sido o no valiente.

 

*Nombre e imagen ficticios por motivos de protección.

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